Museum, crítica: un asfixiante thriller que funciona sin inventar nada nuevo

Museum, crítica: un asfixiante thriller que funciona sin inventar nada nuevo

Hace un par de semanas me compré por pura intuición la edición integral de Museum: The Serial Killer is Laughing in the Rain, la obra de Ryosuyke Tomoe. Reconozco que lo hice sin tener ni la más mínima idea del dibujo, de la historia ni nada de nada. La compré por pura intuición.

Al fin y al cabo, no dejaba de ser un thriller cuya descripción me recordaba a Seven, así que malo sería que no me gustase siendo yo un fan del género.

No me equivocaba.

La edición integral condensa los tres tomos originales en dos tomos, por lo que hablamos exactamente de 776 páginas. Me duró tres noches. Sin comerlo ni beberlo, me encontré a mí mismo pasando una página tras otra, bebiéndome el manga cual zumo de naranja recién exprimido. Qué ritmo, qué dibujo, qué crudo y qué maravilla en general.

Sin ser un manga perfecto ni excesivamente original, es un entretenimiento muy recomendable del que me gustaría hablar hoy un poquito. Sin spoilers, por supuesto.

Ranas, lluvia y asesinos en serie

Empecemos por el principio. Museum: The Serial Killer is Laughing in the Rain (a la que desde ahora me referiré como Museum, a secas) nos cuenta la historia de Hishashi Sawamura, que representa al pie de la letra al arquetipo de detective propio del género: alguien cansado, adicto al trabajo y descuidado con su familia.

Todo comienza cuando su mujer y su hijo lo abandonan, algo que sucede al mismo tiempo que un misterioso asesino escondido bajo una máscara de rana comienza a matar en serie. Los asesinatos son brutales y tienen algo en común: las víctimas formaron parte del jurado que condenó a muerte a Shigeru Ôhashi, el asesino de la resina.

¿Adivinas quién formaba parte también de ese jurado? Exacto, la mujer de nuestro protagonista, que junto a su hijo es secuestrada por el asesino. El resto te lo puedes imaginar: Sawamura tiene que resolver el caso, pillar al asesino y, al mismo tiempo, evitar la muerte de su familia.

¿Topicazo? Como la copa de un pino, y es uno de los puntos negativos. Luego volvemos a ellos, aunque creo que, siendo evidentes y palpables, no pesan tanto como para que la obra no sea disfrutable.

Lo primero que me gustó fue el simbolismo. En en folklore japonés, las ranas están vinculadas a la buena suerte, la protección y la prosperidad. Tiene sentido: su llegada marca la época de lluvias, algo importante en una sociedad muy dependiente del cultivo de arroz. Además, se comen los insectos y las plagas. Muchas ranas = buena señal.

Otro dato curioso es que la palabra “rana” en japonés es “kaeru” (), que se pronuncia igual que el verbo "kaeru" (返る, 帰る), que significa "volver", "regresar" o "devolver". Tienen asociadas la idea de volver a casa sano y salvo, o de que el dinero vuelva a tu bolsillo. Y por si todo fuera poco, son un símbolo muy querido por los niños y el primer manga de la historia, Chōjū-jinbutsu-giga, tiene a las ranas como protagonistas.

Es decir, tenemos un villano que usa uno de los símbolos más conocidos del folklore japonés vinculados a la fortuna y al buen regreso para matar a gente. Su apariencia es familiar, pero al mismo tiempo perturbadora, lo que hace que ciertos paneles hielen la sangre. Recuerdo un panel del segundo asesinato que me pone los pelos de punta. 

Es un buen villano, en pocas palabras, y la forma en la que planea y diseña sus asesinatos da miedo, que es lo que tiene que hacer. El asesino trata sus asesinatos como piezas de un museo, como su gran obra (sorpresa, el manga se llama Museum), lo que hace que, al menos de primeras, estemos planteándonos todo el rato por qué hace lo que hace y, sobre todo, por qué lo hace cuando lo hace.

El protagonista, como el villano, está muy bien trabajado y creo que es, sin duda, uno de los puntos fuertes de la obra. Sawamura pasa de ser un detective adicto al trabajo a mostrarse humano, vulnerable, a rozar la locura y a ser algo violento. Es fácil, aunque no lo parezca, empatizar con él y con sus drama particular. ¿Sabes eso que estás leyendo y pensando “venga va, tú puedes, es por allí”? Pues así.

A eso ayuda la atmósfera transmitida por el dibujo. No solo el nivel de detalle roza lo absurdo en ciertos paneles, recordándome a veces a las obras de Inio Asano, sino que es sucio y cinematográfico. Ryosuyke Tomoe juega con la perspectiva con maestría, consiguiendo planos más propios del cine que de las obras escritas, haciéndonos, en muchas ocasiones, partícipes de escenas crueles desde unos primeros planos muy intensos.

Es oscuro, es incluso húmedo, lo que casa bien con la temática y el motivo del asesino. Si algo sucede en un sótano inmundo, el dibujo es capaz de transmitirlo a la perfección, creando una atmósfera que casi podemos cortar. Y lo hace sin caer en el gore innecesario. Hay escenas gore, ojo, muy explícitas, pero sirven a la narrativa.

No es el morbo por el morbo, como se le podría achacar a Animales Humanos, sino que sirven para darle al lector una buena bofetada y recordarle que esto no es una obra. Cuando esas escenas salen, lo hacen para transmitirle al lector el impacto psicológico del protagonista, y el autor lo tiene medido al milímetro.

Por eso no puedo dejar de comentar el ritmo: no puedes dejar de pasar páginas. A pesar de que la obra se cuece a fuego lento, el ritmo de la acción y de las conversaciones es tal que no puedes dejar un capítulo a medias. Insisto: son 776 páginas y me lo leí entero en tres noches. Es puro vicio, y eso que el formato Kanzenban no ayuda del todo a que sea cómodo de manejar. Creo que tres tomos más pequeños habrían estado mejor.

Las costuras

Si algo se le puede criticar a Museum es que es absolutamente dependiente de los clichés y tópicos más sobados del género, y tiene sentido. Esta obra fue publicada en la Young Magazine entre los años 2013 y 2014 (a España no llegará hasta 2016 de la mano de Norma Editorial), y no es ningún secreto que está inspirada en películas como Seven (1995), Zodiac (2007) o las de Saw (2004).

Es uno de los puntos “débiles del manga”: cae en todos los tópicos y clichés que te puedas imaginar. Si os gusta el género, el camino que sigue la obra es del todo predecible.

Ahora bien, que no se me malinterprete. Aunque la obra es del todo predecible y cualquier aficionado al género se verá venir absolutamente todo, o casi todo, lo cierto es que la ejecución es tan, pero tan buena, que se perdona. Yo desde el primer momento sabía qué estaba pasando, pero eso no evitó que me llevase las sorpresas que me tenía que llevar.

Es decir, que ser el enésimo thriller no juega en su contra.

Ese es el primer punto “negativo”. El segundo es que los personajes secundarios tienen cero peso en la trama y apenas tienen desarrollo. Muchas veces son meros figurantes al servicio del asesino, es decir, sirven para que este se luzca. O el asesino es demasiado listo (y el guion se presta a ello) o a los compañeros de Sawamura les faltan un par de yogures.

Muchas veces da la impresión de que la policía es imbécil y que el asesino tiene recursos infinitos. También se hace algún uso puntual del deus ex machina, pero nada lo suficientemente exagerado para sacarnos de la trama.

El tercero y último es que el final es, en mi opinión, demasiado apresurado. No os quiero destripar nada, pero lo veréis. Cuando todo lo referente al pasado del asesino, sus motivos y su debilidad se revela, el final se precipita hasta el punto de ser un pelín anticlimático. No está mal, ojo, pero cabría esperar que, habiendo tardado tanto en llegar, el desenlace fuese un poquito más satisfactorio, o al menos tanto como el desarrollo del asesino.

Más allá de esto, es una obra que he disfrutado muchísimo y que recomendaría a cualquier fan del thriller. No busquéis en ella originalidad, giros imprevistos y tramas secundarias espectaculares, porque no las hay. Ahora bien, si buscáis una obra que os cautive, un villano que acojone y un protagonista que crezca con vosotros, Museum os va a gustar mucho. Lo podéis encontrar en cualquier librería especializada.